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18 de octubre de 2009

FRAGMENTO DE LA SEMANA (FORASTERA, REGRESO A LEOCH)



Cuando desperté a la mañana siguiente, me dolían todos los múscu­los del cuerpo. Me arrastré al retrete y luego a la palangana con agua. Mis entrañas parecían manteca batida. Me sentía como si me hubieran azotado con un objeto romo. De hecho, pensé, se acercaba bastante a la verdad. El objeto en cuestión era visible cuando regresé a la cama, aunque ahora parecía relativamente inofensivo. Su dueño despertó cuando me senté junto a él y me examinó con algo que se asemejaba mucho a presunción masculina.
—Parece que el viaje ha sido duro, Sassenach —apuntó y rozó un cardenal azul en mi muslo interno—. ¿Dolorida por la cabalgata?
Entorné los ojos y pasé un dedo por la marca de una profunda mordedura en su hombro.
—A ti no te ha ido mucho mejor.
—Ah, bueno —respondió con acento escocés marcado—. Si te acuestas con una bruja, debes estar preparado a que te muerda, entre otras cosas. —Se estiró y me cogió de la nuca, empujándome hacia atrás—. Ven, brujita. Muérdeme otra vez.
—Ah, no —protesté—. No puedo. Estoy demasiado dolorida.
James Fraser no era un hombre que aceptara un «no» por res­puesta.
—Seré muy suave —insinuó con aire engatusador y me arras­tró debajo de las mantas. Y fue suave, como sólo los grandes hom­bres pueden serlo. Me abrigó como a un huevo de codorniz y me homenajeó con una paciencia que reconocí como una reparación... y una insistencia amable que supe era una continuación de la lección tan brutalmente iniciada la noche anterior. Sería suave, pero jamás aceptaría un rechazo.
Vibró en mis brazos al culminar, temblando por el esfuerzo para no moverse, para no lastimarme con el movimiento. Dejó que el instante lo estremeciera hasta agotarlo.
Más tarde, todavía unidos, delineó los moretones ahora más pálidos que sus dedos habían dejado en mis hombros al borde del camino, dos días atrás.
—Discúlpame por éstos, mo duinne —susurró y los besó—. No sé qué se apoderó de mí cuando te los hice, pero no es una excu­sa. Es vergonzoso hacer daño a una mujer, incluso en un arrebato de ira. No lo volveré a hacer.
Reí con algo de ironía.
—¿Te disculpas por ésos? ¿Y qué hay del resto? ¡Estoy cubier­ta de cardenales, de pies a cabeza!
—¿Eh? —Se apartó para estudiarme con sensatez—. Bueno, ya me he disculpado por éstos —declaró y tocó mi hombro—. En cuanto a éstos —agregó y me palmeó el trasero con suavidad—, te los merecías. No me disculparé por ellos porque no lo lamento—. Y en el caso de éstos —prosiguió y me acarició el muslo—, tampoco me disculparé. Ya los pagué con creces. —Se frotó el hom­bro con una mueca—. Me hiciste sangrar por al menos dos sitios, Sassenach, y la espalda me arde como el demonio.
—Bueno, si te acuestas con una bruja... —aventuré y sonreí—. Y no pienso disculparme. —Rió a modo de respuesta y me empujó sobre él.
—No he dicho que quisiera una disculpa, ¿verdad? Si mal no recuerdo, lo que he dicho ha sido: «Muérdeme otra vez.»

2 comentarios:

  1. Guau!que pedazo fragmento este que escogiste, soy una incondicional de Jamie y Claire, voy a verme obligada a seguir este blog...no me queda otra!Ains esa forastera es insuperable.Precioso el blog!
    Un saludo!

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